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ogotá, son las cuatro de la madrugada. Ana Mercedes Lagos, dándole vuelta a la ruana para impedir que el frío penetre su cuerpo, se prepara para lo que será una rutina dominical durante, nadie sabe, cuánto tiempo. Sólo sabe que se mantendrá al lado de uno de sus 23 hijos, mientras le definen, la situación jurídica.

 

“Allá atrás va una

viejita como brava”

 

Atravesando una densa y escalofriante neblina y por una pedregosa carretera, entablo conversación con Miguel Tenjo, conductor de esta ruta, y como si yo fuera una esponja absorbo todas esas historias de carretera, acumuladas por más de quince años de trabajo y que siempre están a disposición de todo aquel que se arriesgue a sentarse a su lado mientras la travesía Bogotá – Ramiriquí, durante casi cuatro largas horas de camino.

 

“Allá atrás va una viejita como brava porque nos demoramos mucho en llegar y como va pa’ la penitenciaria dice que no la van a dejar entrar”, me cuenta Tenjo, riéndose un poco y tratando de tomar esta difícil carretera de la mejor forma. La información llama mi atención de inmediato y sin pensarlo dos veces agarro mi libreta, mi cámara y tomo un puesto cerca de ella, con la gran ventaja de que en el bus solo estábamos el ayudante, la señora Ana Mercedes, su nuera y mis dos compañeros de aventura.

 

Fue así como conocí a mi compañera de viaje, y de paso, protagonista de esta historia. Coincidimos en que ninguno de los dos conocía Ramiriquí. Lo primero que noto es su rostro demacrado y su cuerpo pequeño y encorvado por los años, pero toda esta imagen desaparece al escucharla hablar. Merceditas, como me pidió de manera amable que la llamara, irradia un humor añejo pero lleno de color, con un vocabulario fuerte pero natural en ella. Conversamos cerca de dos horas, intentando hacer de lo que quedaba del trayecto un viaje más ameno. Al final, me confió una infidencia: “el conductor es un mañoso”, me dijo riendo.

 

Empanadas, arroz con pollo, papas sudadas y lo que pareciera ser un sándwich de huevo, son algunos de los manjares que esta anciana de 85 años “pero berraca”, como afirma ella, prepara para el que sería el primer encuentro con su hijo después de más de un mes de no verlo. Ana Mercedes es una de esas matronas que hace muchos años existieron, que se caracterizan por su fuerte temperamento, su buen sentido del humor y la botellita de chicha que desenfun

dó varias veces durante este largo viaje.

 

Aún en el bus y ya a pocos kilómetros del pueblo, con la angustia a flor de piel Ana Mercedes me comenta: “al Jairo José me lo agarraron hace más de un mes y lo tenían

en la Modelo, pero por peleas me lo trajeron para acá, si viera joven, yo casi me muero ese día”. Es inevitable ver una lágrima que desciende por su rostro ya inundado por las arrugas de la piel, mientras me cuenta la historia de su hijo. Jairo José Lagos, de 39 años, se encuentra detenido en la Penitenciaria de Ramiriquí y aún no definen su condena, aunque Merceditas junto con sus otros hijos le están pagando un buen abogado, la situación se complica porque a la demanda que tiene por alimentos de sus tres menores, se suman algunos comportamientos no adecuados en la cárcel Modelo en Bogotá.


En compensación por la demora, el conductor del bus nos deja en todo el frente de la cárcel. Aturdido un poco por el frío, me decido a acompañar a esta madre al encuentro con su hijo. Ella no se ve muy cómoda, pero yo insisto. En la penitenciaría, un edificio de tamaño medio pero que se impone fuerte y riguroso ante el conjunto de casas viejas y pequeñas que lo acompañan. Fue imposible tratar de tomar fotos, no sé si por seguridad o porque simplemente no tenía el atuendo apropiado para pasar desapercibido como un familiar, los agentes del INPEC me lo impidieron. Los minutos parecían horas y la cara de angustia de la señora Mercedes era cada vez mayor al ver que estaba pasando el tiempo y la fila de personas para entrar no disminuía, todo era una larga espera.


“Acá es mejor tener

amigos que enemigos”

Después de pasar las requisas de control normales, y de ver cómo los guardias una vez más destapaban el agasajo preparado para Jairo José, nos encontrábamos en el patio de la cárcel que parecía más el patio de una escuela, con gente jugando microfútbol, de no ser por los demacrados y difíciles rostros de la gente que estaba allí, la felicidad no se demoro ni un segundo en aparecer en la cara de Merceditas: sus ojos se iluminaron y sus manchadas manos temblaban al contemplar el semblante de su hijo.

 

De la visita a Jairo José se puede definir que sin conocer su situación en la Modelo, en Ramiriquí está mucho mejor que en la capital. Él mismo me lo confirmó. El aire que respira en este momento tiene un toque de libertad, tal vez por las montañas que rodean el municipio, o a lo mejor porque sus vientos provienen desde el alto de la cruz de una diminuta capilla construida en una de las colinas más altas del territorio desde donde vigila gratamente este municipio. José no tardó en devorar con ansia todo lo que su mamá le trajo; algo que lleno de orgullo a su mamá es que compartió con varios reclusos su almuerzo, a lo que ella después me comentó: “mi muchacho tiene muchos amigos, ¿no?, acá es mejor tener amigos que enemigos”, soltando un soplo de tranquilidad.

 

Observando que Ana Mercedes se encontraba bien y en compañía de su hijo decidí ausentarme por el resto de la visita, no sin antes comprometerme que la acompañaría a la iglesia del pueblo como un acto de gratitud que ella quería hacer por encontrar bien a su muchacho. Tal vez allí podría conocer un poco más de su historia y la de su hijo.

 

De camino a la iglesia y en un silencio cómplice, vimos que Ramiriquí es un pueblo pintoresco rodeado de verdes montañas, con la particularidad de que sus habitantes son de edad avanzada. La ruana engalana las calles de Ramiriquí y no es extraño ver a niños y jóvenes utilizando esta prenda, en compañía del típico sombrero de clima frío, de ala corta y copa media, que adorna la vestimenta ramiriquense.

 

Finalizando nuestra jornada y como habíamos acordado en compañía de Merceditas, entramos a la iglesia. La primera impresión al cruzar esa gran puerta por la que salía una considerable cantidad de gente, fue transportamos como a una escena clásica en donde las grandes paredes con finos detalles dorados y enormes vitrales permiten que pase la luz perfecta para recorrer cada uno los rincones de esta iglesia. Una construcción que intimida al visitante, por la paz que se respira dentro de ella y por sus finos murales, como elaborados por los mismos ángeles que representa.


Madre de 23 hijos, matrona echa en el barrio 20 de Julio, al sur de Bogotá, Ana Mercedes Lagos de Alfonso, arrodillada frente a una imagen y consumida por sus oraciones y pensamientos, sigue rogando a un Dios, que todo lo puede, por la liberación de su hijo, pero sobre todo pide por la fuerza que cada vez es más escasa en su cuerpopara poder seguirse despertando cada domingo a las cuatro de la mañana y preparar el banquete especial para su hijo; es hijo que por ahora seguirá consumiéndose en las cuatro paredes de una cárcel en Ramiriquí.