La Pola o Policarpa  Salavarrieta, es  la única mujer  que se ganó a pulso ser la imagen de un papel, en la historia de la revolución colombiana. Por lo tanto, y como muchos de nuestros héroes revolucionarios antiguos fue fusilada en 1817 en esta misma ciudad, Bogotá. Ahora  y después de casi 200 años, esta heroína acompaña a los colombianos en el devaluado billete de diez mil pesos, lugar  que desempeña con orgullo, ya que hasta hace poco tiempo solo figuraba en la precaria y oscura moneda de cinco pesos.

 Esa misma heroína será mi única compañía por un día, el único ser femenino que interfiera en  mis decisiones y para ser más claros los únicos diez mil pesos que tengo. Así es, estoy en la tarea de buscar una buena opción de arte entretenido  en esta ciudad, porque debemos admitir que también existe el arte aburrido y eso no nos hace seres ignorantes o incultos. La idea es que el plan que escoja  me alcance con La Pola, incluyendo  pasajes y por qué no, un pequeño refrigerio.

 Ya puesto en la tarea decido ingresar a internet y mirar qué me brinda la red: las ofertas son variadas y empiezo a descartar. Teatro no, hace poco se acabó el festival y aún me huele a Fanny por todo lado. Además la imitación de su reconocido pelo rojo aun se exhibe en las tiendas. Por lo tanto, teatro "no aguanta". Concierto, ese sí, pero tengo que cumplir con el sacrosanto deber de ir a estudiar esta noche y no puedo fallar, entonces por problema de agenda, concierto tampoco se puede.

 Cine, este sí. Se puede ir de día o en la noche y es una muy buena opción para los que, como yo, viven solos y nos les preocupa que los vean entrar a cualquier plan sin compañía. La pena es al principio pero después que apagan las luces, todo el mundo se olvida de que el de la última silla de arriba vino solo. Habiéndome decidido por el séptimo arte, me pongo a buscar la mejor opción: las ofertas de cine tradicional y moderno son muchas y algunas con buenos precios, pero haciendo cuentas y tratando de ahorrar para los pasajes y un refrigerio, no me alcanzaba. Además esto es una revista de arte y lo mínimo que podía hacer era ver una película de "Cine Arte", término que aun no tengo muy claro, ya que  si el cine poco convencional es "Cine Arte", ¿qué son películas como Avatar, o el Señor de los Anillos? ¿Acaso éstas no son arte? Tengo que admitir que no tuve que buscar mucho, la oferta en este ramo del cine es bastante variada y con excelentes horarios y lo mejor de todo, económica. Por lo tanto es el plan perfecto para llevar a "Polita" y lucirla con orgullo. Ya hasta le cogí cariño. Y como no, si cada vez es más difícil verla.

 Para no tener que escoger mucho y no tirarme todo el día en Internet, opto por abrir el primer link que me arroja el buscador. Cinemateca Distrital, esa fue la opción y sin pensarlo dos veces busque la fecha y los horarios, me gustó lo que vi y me decidí por la función de las tres de la tarde, "La reina de los condenados". Me sonaba como a reinado travesti en la cárcel modelo de Bogotá, pero no, es la historia de un vampiro que decidió volverse estrella de rock. Debido al interés que despertó en mi ver a Drácula, en una tarima, mechudo, probablemente drogado y rompiendo su guitarra contra el suelo, pues no lo pienso más y cojo mi Pola, la echo en mi billetera y arranco a gastármela toda.

Empieza la aventura. Tengo que reconocer que mi preocupación en ese momento no era por el billete, mi verdadera preocupación era llegar a tiempo, ya que como siempre en la capital, todo es a  las carreras, tarde, con trancones y, para rematar, el TransMilenio tan lleno como la iglesia del 20 de julio en Semana Santa. Después de surfear todos estos inconvenientes, de tratar de descifrar en donde debía bajarme y de escuchar las recomendaciones de los siempre atentos capitalinos, tomo rumbo a la calle 22 con carrera 5ª, porque aunque la cita era en las instalaciones de la Cinemateca Distrital,  éstas se encuentran en remodelación. Mientras tanto la Universidad Central ofreció su teatro para la proyección de las películas.

 Me bajo del Transmilenio, con la sensación de estar pronto a perderme y con 3.200 pesos menos en bolsillo. Por lo tanto y haciendo cuentas, mi Pola, esa heroína que valientemente se ofreció a acompañare en esta aventura, ya va en 6.800 pesos. Con la vueltas en la mano y tratando de hacer cálculos mentales para saber de cuanto dispongo para llevar a cabo mi plan de arte, me propongo a buscar la dirección, misión que veo fallida, ya que aunque llevo un buen tiempo en la ciudad, el centro de ella no es que sea mi fuerte. Como lo había predicho me pierdo y casi que me resigno a no poder cumplir con la misión asignada, di vueltas y vueltas por el sector, me di cuenta que el centro de Bogotá tiene la capacidad mágica, de que todo se parece a todo,  de esta forma, para mi todos los edificios podían ser teatros, todas las puertas podían ser taquillas y todos los celadores tenían sombrero de ayudante de cine antiguo.

 Después de dar vueltas en las mismas dos manzanas, me meto la mano en el bolsillo y toco esos 6.800 pesos en los que se ha convertido mi Pola.  Pensando en eso me pongo en la tarea de no dejarme vencer por esta mole de cemento y encontrar a como dé lugar el teatro de la Universidad Central. Aunque la hora de la película que yo quería ver ya había pasado hacía un buen rato, me propongo a encontrar la dirección y  ver la película que me toque, pero con ésta no me quedo, y esa película la veo porque la veo.

 Después de 15 minutos más, por casualidad me paro al frente de una pequeña puerta y alguien me entrega un papel de fotocopia con la programación de una sala de cine arte. Así es, la misma sala de cine de la Universidad Central, esa que andaba buscando y la cual pensé que nunca iba a encontrar. El personaje al ver mi cara de asombro, se asusta, pero le explico qué está sucediendo para que se tranquilice y el sólo atina a decirme: "La que quería ver ya comenzó hace rato". Así era, no me había dado cuenta de la hora, tal vez por aquello de que los hombres solo procesamos una acción a la vez y yo solo estaba en la acción de buscar la dirección.

 Decido mirar la programación y buscar la función más cercana, porque con las ganas ya no me quedo. Mi sorpresa fue cuando vi la película que seguía, el titulo "Patsy, mi amor" no dice nada, pero mi sorpresa fue cuando vi de quien eran los textos de esta película, nada más ni nada menos que del señor Gabriel García Márquez, el mismo que de liqui liqui recibió el premio Nobel de Literatura, y eso ya era mucha ganancia.

 La película se proyectaba casi una hora después, hice cuentas y arriesgándome decidí dar una vuelta por el sector aprovechando que aún tenía algo de tiempo, eso sí, sin apartarme mucho del teatro no sea que me pierda nuevamente. Ahora, más animado y sabiendo que en pocos minutos me voy a dejar llevar por la magia del séptimo arte, me dejo contagiar por esa cultura del centro, ese estupor bohemio que se confabula con sus pintorescos personajes, llenos de aretes y tatuajes, de pelos cortos o largos y de colores. De gente normal que únicamente ve en el centro ese afán por trabajar.

 Como según mis cuentas aún tenía derecho a un refrigerio, me decido a meterme en un café de esos del centro, que uno no sabe si es café, salón de onces o bar de estudiantes... en fin, un tinto no me caería mal. Además, necesitaba recuperar algo de energía; la "patoneada" buscando la dirección estuvo larga y agotadora. Me siento en el café y lo primero que pregunto es el valor de un tinto. Con una sonrisa extraña, la señora del cafetín, me dice que solo cuesta mil pesos. Sentí que mi día estaba mejorando y que podía tomarme el tinto tranquilo pues las cuentas iban a la perfección. Me tomé esa bebida energizante y sagrada para los colombianos, la cual sentí que iba directo a los pies a calmar los dolores productos de mi despiste y pérdida en el centro de la ciudad.

 Después de un tinto de mil y dos galletas de 500 pesos cada una, mi Pola ya rodeaba los 4.800 pesos, pero quedo tranquilo porque aun me alcanza para la entrada al cine. De esta forma tomo rumbo a la taquilla y tranquilamente paso los 2.500 pesos que cuesta la entrada. Así es, solo 2.500 que fácilmente usted se los puede beber en dos cervezas y eso que no creo que le alcance. Ah, y se me olvidaba, si usted es estudiante pues hasta en 2.000 se la dejan.

 ¿En qué cine de esta ciudad le dan a escoger a usted el aperitivo? ¿Tinto o aromática? Los estudiantes, con greca en mano e instalados en la entrada del auditorio le reparten tinto o aromática a toda su  distinguida clientela. Como la atención me pareció extraña, pasé por la pena de preguntar si tenía algún costo, no sea que  se me descuadrara la Pola. Cuando me aclararon que no, acepté una aromática que ya no recuerdo de qué sabor era,  para acompañar la película o por lo menos los primero cinco minutos de ella. Terminada mi aromática empieza la película, así no mas, sin cortos de próximos estrenos, sin recomendación de apagar el celular, como quien dice "a lo que vinimos".

 La película es buena aunque no es cosa de otro mundo. Se trata de una joven mexicana con poco acento, que tiene muchos pretendientes y que cada día le deja a la suerte con quién va a salir. En resumidas cuentas esta muchachita decide jugar con todos, "marranearse" a todos, no darle nada a ninguno y disfrutar de su belleza y su encanto. Porque a pesar  de los atuendos típicos de los años sesenta, la niñita no tenía nada que envidiarle a Angelina Jolie, pues estaba como quería. Perdón, verdad que la revista es de arte y no de novelas ni chismes de farándula.

 Hasta acá mi Policarpa ya va en 7.700, es decir, si las cuentas no me fallan me quedan 2.300, los cuales decido invertir en un "Yogoso" de piña colada por un valor de 500 pesos. Me quedan 1.800 pesos que, la verdad, no supe en qué gastar ya que había cumplido con mi labor: tener una cita con el arte y la Pola, y salir invicto en el intento.

 Caminando nuevamente al Transmilenio, una mamá con muchos niñitos en la calle me pide una moneda y decido darle las que tengo: ochocientos pesos. De tal manera, que mi Policarpa Salavarrieta, había dejado de ser la heroína de antaño para convertirse en un nuevo caudillo del pueblo, como Jorge Eliecer Gaitán.

 El día se acaba y el espacio en esta grandiosa publicación también, por lo tanto no me queda si no decirle al lector, que sí se puede ver buen arte con una mínima cantidad de dinero; que sí se puede disfrutar de las ofertas artísticas que tiene la ciudad con solo diez mil pesos; que sí se puede tener una cita con la Pola y no morir en el intento.

 

Articulo escrito por el Periodista Miguel Jara, para la publicacion INCULTO "Revista de arte"